Visitar Islandia es un ejemplo de las decisiones que tomo basadas en mi fanatismo por la nostalgia. Su simple nombre y difícil lenguaje hacen de esta isla un lugar lejano. Sin embargo descubrí que su gente te acoge de manera en que te sientes protegido. Con la capital más septentrional del mundo, es decir, de todas las capitales del mundo, ésta es la que está más al norte, este país pasa duros inviernos y, por ello, su población encuentra refugio en el alcohol o en alguna otra recreación bajo techo, como la creación de música y el tejido de lopapeysas, por mencionar algunas actividades en las que notablemente sobresale.

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Junto con mi amigo Alfonso, también de Chihuahua, visitamos los puntos turísticos del sur de Islandia como Blue Lagoon y el centro de Reykjavik. En el sur del país fuimos a la laguna de glaciares Jökulsárlón, a la villa Vík, que es el punto más meridional de la isla; a las cascadas de Seljalandsfoss, Faxi y de Gulfoss, en el área conocida como el Círculo dorado.

El día que llegamos fue difícil comprender en dónde estábamos. Observar las rocas volcánicas en nuestra ida del aeropuerto a nuestro primer destino era hipnotizante. Las rocas parecían respirar. Tal vez aluciné, pero el paisaje parecía un truco a la Michel Gondry. Llegamos primero a Blue Lagoon y era lo más bonito que había visto después de los lugares de México.

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La laguna parecía como si a las playas de Tulum les hubiesen vertido leche. Las rocas negras con musgo color ocre y el cielo gris, el agua tibia, noble y nosotros tomando chela: era la bienvenida que yo quería. Alfonso y yo pasamos tres horas en el agua como si hubieran sido 15 minutos. Una trampa turística o no, Blue Lagoon fue una de mis experiencias favoritas. Es como un spa geotermal entre natural y artificial. Muchos discuten que no vale la pena, pero platicándolo con otros viajeros, concluimos que fue una de las experiencias más placenteras y diferentes.

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Frente a la cascada Seljalandsfoss lo entendí todo: la música islandesa no es más que una extensión de esta tierra. Las aguas cantan en diferentes tonalidades a través de las cascadas y las lagunas transparentes; los géisers explotan con euforia a la Led Zeppelin; los glaciares imponen elegancia y en la costa sur, las playas con arena negra recuerdan el sonido de la tierra. Todo está vivo y lo canta.

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En Reykjavik no sabíamos qué esperar en cuanto a la vibra de la ciudad. Yo no sabía que podía existir tanta gente guapa y estilera en un mismo lugar, en donde el trend dominante es el slow fashion y el nightlife es algo inesperado y excesivo. Mi travelmate y yo no sabemos en qué momento la fiesta comenzó en una peluquería, topándonos después al staff de Games of Thrones, quienes bebían en la calle y atentamente nos alcoholizaron en un bar donde la fiesta estaba a full con pláticas sobre los rituales underground de ayahuasca en Islandia. A veces no sé si esa noche me la inventé. Presenciamos el Gay Pride Parade, que es uno de los eventos más grandes del año, ya que para los islandeses no hay mayor bendición que el respeto a los derechos humanos. Teniendo como exalcalde a un comediante, la ciudad ni de chiste sufre de criminalidad y puede tener las puertas del edificio del parlamento sin seguridad alguna, así como los hogares del primer ministro y del presidente. Políticamente, Islandia es lo más cercano a una utopía y probablemente es el lugar donde mi ansiedad ha estado en su punto más bajo.

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En nuestra última noche intentamos ver la aurora boreal, pero desgraciadamente no tuvimos éxito. Sin embargo, observamos que el sol no bajaba por completo durante la noche, y que iluminaba de manera rojiza toda la ciudad.

Fue una de las experiencias más impresionantes que vivimos. Y así como el sol de medianoche no descansa, tampoco lo hará mi fascinación por este país y por su gente, paisajes y arte, los cuales me enseñaron que más que nostálgica, esta isla está viva. Takk takk Ísland!

DSC_0098           DSC_0580 Por: Kim DePablo, Fotos: Alfonso Terrazas

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